Yo banco a todas las personas que salen a pasear con su pareja de la mano. A veces me pasa que las miro y siento envidia de que puedan salir tan libremente por ahí, con cara de recién cogidos y enamorados, sin sentirse pelotudos. Quizá tenga un problema grave con la sociedad y sienta que no necesariamente el mundo tiene que saber con quién me desnudo, y con quién no.
Generalmente cuando veo una pareja caminando tranquilamente en la suya, me pone contenta observar sus pasos coordinados y las medias sonrisas que diviso cuando se miran.
Ahora, lo que sí me molesta son las innecesarias exhibiciones de mala pornografía deserotizante, ese lenguaje corporal que sólo lo utilizás en situaciones extremas cuando hace cuatro años que te andás pajeando por abstinencia de sexo.
No es lindo salir al recreo y bancarme –además de empujones y pisotones- a dos personas que se manosean, sin consideración alguna por el hecho de que estoy ahí con cara de papa sin sal, esperando a que la manada de animales que salen expresos hacia afuera, para prender un pucho como si su vida dependiera de ello, deje el camino libre para poder respirar un poco de aire desestresante por cinco minutos.
Porque lo peor de todo es que sin poder evitarlo oís los gemidos desesperados de seres que necesitan coger hasta terminar en coma.
Y te terminás excitando.
(¡Gracias, Gabriel!)